La llamada “Plaga de Justiniano” es recordada como uno de los episodios más devastadores de la Antigüedad. Durante siglos, los relatos escritos fueron la única prueba de su existencia, hasta que un hallazgo genético en Jordania ha confirmado su verdadera causa y ha reabierto el debate sobre su impacto histórico.
El origen de la plaga de Justiniano y su expansión por el Imperio Bizantino

La plaga de Justiniano se desató en el año 541 d. C., comenzando en el puerto egipcio de Pelusio antes de extenderse rápidamente por las rutas comerciales del Mediterráneo. Su llegada a Constantinopla fue especialmente letal: en apenas cuatro meses murieron decenas de miles de personas.
El emperador Justiniano I enfermó, aunque logró sobrevivir, pero la magnitud del brote desbordó por completo a la capital bizantina. Ante la imposibilidad de dar sepultura a tantas víctimas, se cavaron fosas comunes, se llenaron torres con cadáveres y se recurrió a la cal viva para acelerar la descomposición.
La plaga de Justiniano se propagó más allá de Constantinopla, alcanzando Europa occidental y dejando una huella mortal durante dos siglos, hasta su desaparición alrededor del año 750. Las estimaciones sugieren entre 30 y 50 millones de muertos, una cifra que pudo equivaler a casi la mitad de la población de Europa en ese tiempo.
Algunos historiadores sostienen que esta catástrofe contribuyó al debilitamiento del Imperio bizantino, aunque otros señalan que las causas de su declive fueron múltiples y no exclusivamente epidémicas. Aun así, la plaga dejó un impacto indeleble en la memoria colectiva y marcó un antes y un después en la historia de las pandemias.
ADN antiguo: la confirmación de Yersinia pestis como culpable

Durante años se sospechó que la bacteria Yersinia pestis, responsable de la peste negra en el siglo XIV, también había sido la causa de la plaga de Justiniano. Sin embargo, hasta hace poco faltaban pruebas directas en el epicentro de los brotes. Esto cambió gracias al estudio de una fosa común bajo el antiguo hipódromo de Jerash, en Jordania, ciudad clave del Imperio Romano de Oriente.
Los investigadores recuperaron material genético de ocho dientes humanos enterrados en este lugar, confirmando que todos contenían cepas casi idénticas de Y. pestis. Este hallazgo fue crucial, pues demostró que la bacteria estuvo presente en las primeras fases de la pandemia y que se propagó con gran rapidez, con tasas de mortalidad elevadísimas. Además, la elección del hipódromo como fosa común ilustra cómo la crisis desbordó la vida urbana: un espacio diseñado para el entretenimiento se convirtió en cementerio improvisado.
Los resultados no solo ofrecieron la primera evidencia genética directa en el corazón del brote, sino que también consolidaron la hipótesis de que la peste, lejos de ser un episodio aislado, formó parte de una dinámica histórica más amplia. Según el equipo, este tipo de estudios permite reconstruir no solo la evolución biológica de la bacteria, sino también la manera en que las sociedades respondieron a los desastres sanitarios. De este modo, el pasado se convierte en una herramienta esencial para comprender los riesgos epidemiológicos del presente.
Una bacteria que nunca desapareció del todo

El análisis de la cepa de Jerash y su comparación con otros genomas antiguos y modernos reveló que los linajes de Y. pestis no surgieron de una única raíz ancestral, sino que se desarrollaron de manera independiente en diferentes momentos y lugares. Esto sugiere que la plaga de Justiniano no fue un fenómeno lineal, sino el resultado de reservorios regionales que resurgieron en distintas poblaciones humanas a lo largo de milenios.
Este patrón explica por qué la peste ha reaparecido en distintos periodos históricos, desde la Antigüedad hasta la Edad Media, e incluso en tiempos recientes. Aunque hoy existen antibióticos eficaces contra la infección, todavía se registran muertes por peste en algunas regiones del mundo, lo que demuestra que el enemigo sigue latente.
Los investigadores también han puesto su atención en lugares emblemáticos como la isla de Lazzaretto Vecchio, en Venecia, utilizada durante siglos como espacio de aislamiento para los enfermos. Estos estudios buscan comprender cómo la peste logró persistir y cómo continúa evolucionando. Tal como señalan los científicos, al igual que ocurrió con la COVID-19, la bacteria muestra una notable capacidad de adaptación y resistencia a las medidas de contención. Por ello, entender sus raíces históricas resulta vital no solo para el conocimiento académico, sino también para la preparación frente a futuras pandemias.
La plaga de Justiniano, ahora confirmada como causada por Yersinia pestis, fue una de las primeras pandemias documentadas en la historia. Su estudio no solo resuelve un misterio histórico, sino que recuerda que la peste sigue siendo una amenaza latente, cuyo conocimiento puede ayudarnos a enfrentar mejor las epidemias actuales.
Referencia:
- MDPI Genes/Genetic Evidence of Yersinia pestis from the First Pandemic. Link
- MDPI Pathogens/Ancient Origins and Global Diversity of Plague: Genomic Evidence for Deep Eurasian Reservoirs and Recurrent Emergence. Link
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