Tarrare: El hombre que jamás pudo saciar su hambre

En la historia de la humanidad han existido personajes tan extraños que parecen salidos de la ficción. Tarrare fue uno de ellos. Un hombre del siglo XVIII cuyo apetito era tan voraz que desafió toda lógica médica y social. Su historia es perturbadora, fascinante y, por momentos, casi increíble. Esta es la historia real del hombre que no podía dejar de comer.

Una infancia marcada por el hambre

Se desconoce la fecha exacta de su nacimiento y su nombre real, pero se sabe que Tarrare, como se le conocía, nació en Lyon, Francia, en 1772. Desde pequeño, su apetito era incontrolable. Comía cantidades exorbitantes de comida sin mostrar signos de satisfacción. A los 17 años, sus propios padres lo echaron de casa, simplemente porque ya no podían permitirse alimentarlo. Su apodo, “Tarrare”, provenía de una expresión francesa usada para describir explosiones violentas: “bom-bom-tarrare”. Una metáfora bastante adecuada para su digestión explosiva y una legendaria propensión a tirarse gases, lo que aumentaba su ya famoso hedor.

Después de dejar su hogar, se unió a una banda de carteristas. Su papel era realizar espectáculos en los que devoraba bolsas de manzanas enteras, monedas, animales vivos y cualquier objeto que llamara la atención del público. Mientras todos observaban con asombro su acto grotesco, el resto de la banda robaba a los espectadores que quedaban atónitos ante lo que estaban presenciando. Además de comerse cualquier cosa, empezó a ser conocido por su gran boca, ojos inyectados en sangre, sudor constante y su olor.

Der Völler (The Glutton) by Georg Emanuel Opiz, 1804.

En ningún momento disminuyó su apetito. Aunque prefería la comida real y de calidad, constantemente comía basura y cualquier cosa que pudiera llenar su vacío interminable. En algún momento, ni siquiera los carteristas pudieron soportarlo, y Tarrare eligió un nuevo camino donde pudiera asegurarse una comida: se unió al ejército francés.

Un experimento humano al servicio del ejército

La Francia revolucionaria de 1792 estaba en guerra con Prusia. Tarrare, siempre buscando comida, se alistó en el ejército solo por las raciones. Fue allí donde conoció al doctor Pierre-François Percy, quien quedó impresionado por la capacidad de este hombre para devorar las raciones de diez soldados y seguir con hambre. El médico decidió estudiarlo y comenzó a realizar experimentos, dándole animales más grandes: gatos, serpientes, lagartos, cachorros y una anguila. Tarrare los devoraba sin pestañear, y el único efecto era que se desmayaba.

Dr. Pierre-François Percy

Viendo que su talento podía ser útil, el ejército lo convirtió en espía. Su misión era tragar una caja de madera con un mensaje secreto y cruzar las líneas enemigas. Como pago, le dieron treinta libras de vísceras crudas de toro, que comió de inmediato. Sin embargo, la misión fracasó: Tarrare no hablaba alemán, y esto, combinado con su olor y su incapacidad general para pasar desapercibido, hizo que fuera capturado rápidamente, golpeado hasta confesar y encarcelado.

Durante su encarcelamiento, se dice que un general lo encadenó a un orinal para recuperar el mensaje que Tarrare debía excretar. Él lo engañó comiéndose sus propios desechos para evitar ser descubierto. Finalmente, fue liberado y regresó a Francia, pero su reputación y estado físico solo empeoraron.

Un final trágico y un cuerpo fuera de toda lógica

Tras su fallido paso por el ejército, Tarrare fue internado en un hospital buscando una cura para su hambre sin fin. Los médicos intentaron de todo: dietas especiales, opiáceos, cocaína, pastillas de tabaco e incluso huevos pasados por agua. Nada funcionaba. Tarrare seguía devorando lo que tuviera al alcance. Se alimentaba con sangre humana de los procedimientos de sangría y hasta cadáveres de la morgue. La situación se volvió insostenible cuando un bebé desapareció misteriosamente. Tarrare fue el único sospechoso, fue perseguido y expulsado.

En 1798, a los 26 años, fue encontrado en el hospital de Versalles, al borde de la muerte. Decía haber tragado un tenedor de oro que se le había quedado atascado, aunque nunca fue hallado. Un médico del hospital contactó al doctor Percy, que acudió a verlo y descubrió que Tarrare sufría tuberculosis en etapa terminal. Murió un mes después. Percy insistió en realizarle una autopsia que reveló lo impensable: su esófago era tan ancho que se podía ver el interior de su estómago ulcerado a través de su boca. Su cuerpo también estaba lleno de pus y tenía un hígado y una vesícula biliar anormalmente grandes.

Los médicos jamás encontraron una explicación definitiva. Se especuló con enfermedades como el hipertiroidismo, que puede causar sudoración, cabello fino, apetito constante y un metabolismo acelerado. También se considera la pica, una condición que provoca deseo de comer objetos no comestibles. Otra posibilidad es un daño en la amígdala, ya que se ha demostrado que puede causar hiperfagia extrema.

Tarrare no fue solo un hombre con hambre: fue una tragedia humana andante. Su vida estuvo marcada por el sufrimiento, la marginación y la desesperación constante por llenar un vacío que no era solo físico. Su historia sirve como un inquietante recordatorio de lo poco que comprendemos sobre los límites del cuerpo humano… y de la mente. Quizá nunca sepamos qué lo llevó a vivir así, pero su historia seguirá resonando como una de las más extrañas de todos los tiempos.

Referencia:

  • Tarrare: The Man Who Ate Too Much. Link.

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ARTÍCULO PUBLICADO EN

Denis Carrillo

Sobre mi, me gusta la música pop/rock, aprender idiomas, y andar en bicicleta. Me gusta leer y escribir sobre temas de la cultura asiática.

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