Sola en una cabaña en las montañas del sur de México, Inés Ramírez Pérez tomó una decisión desesperada para salvar a su hijo por nacer. Sin acceso a servicios médicos y después de 12 horas de intenso dolor, se realizó una cesárea con un cuchillo de cocina. Su acto, insólito y valeroso, desafió todas las expectativas médicas.

Un parto en completa soledad
El 5 de marzo del año 2000, Inés Ramírez, madre de seis hijos y habitante de la comunidad rural de Río Talea, Oaxaca, enfrentó el parto más difícil de su vida. Tres años antes había perdido una hija al nacer, y esta vez temía que la historia se repitiera. Con su esposo ausente y sin posibilidad de recibir ayuda médica —la clínica más cercana estaba a 80 km— se vio obligada a actuar por instinto y necesidad.
A medianoche, con el dolor cada vez más insoportable, bebió varios tragos de alcohol etílico y tomó un cuchillo de 15 cm, el mismo que usaba para sacrificar animales. Sentada en un banco de madera, hizo una incisión en su abdomen bajo la tenue luz de una bombilla. Durante lo que Inés cree que fue una hora, cortó piel, grasa y músculo hasta llegar al útero y extraer a su hijo. Luego cortó el cordón umbilical con unas tijeras y perdió el conocimiento.
Horas más tarde, al recobrar la conciencia, pidió a su hijo Benito, de seis años, que buscara ayuda. Dos trabajadores de la salud —León Cruz, quien fue el primero en ser llamado para ayudar a Ramírez, y otro, cuyo conocimiento médico se limitaba a repartir medicamentos— la encontraron alerta y acostada con el bebé vivo a su lado. Uno de ellos le cosió la herida con aguja e hilo de algodón, y la trasladaron a una clínica, a dos horas y media de distancia, donde recibió atención médica de emergencia básica. Posteriormente fue trasladada a un hospital, donde fue atendida de urgencia.
Asombro médico e impacto
Cuando Inés llegó al hospital de San Pablo Huixtepec, luego de ocho horas rebotando por caminos de tierra, hasta el hospital ubicado a 384 km al sureste de la Ciudad de México, los médicos no podían creer lo que estaban viendo. El doctor Honorio Galván, quien la atendió junto con su colega Jesús Guzmán, quedó impactado: su útero ya había regresado a su tamaño normal, no presentaba sangrado activo ni signos de infección. «No podía creer que alguien sin anestesia pudiera operarse y seguir viva», comentó Galván.
Galván no sabe si Ramírez intentó esterilizar el cuchillo antes de operarse.
Los médicos documentaron el caso y lo presentaron en una reunión médica. Pero no fue hasta el año 2004 que su historia llamó la atención internacional, cuando fue publicada en el International Journal of Gynecology and Obstetrics. Rafael Valle, obstetra de la Universidad Northwestern en Chicago, coautor del artículo, confirmó que el caso era auténtico.
Galván admite que puede haber escépticos, pero ha escuchado a Ramírez contar su historia varias veces, “siempre con los mismos detalles”. Mostró a los periodistas un video de la mujer en el que explica sus temores de que su bebé muriera y recrea la operación, trazando con la mano una línea diagonal desde el abdomen hasta debajo del ombligo. Una incisión típica de cesárea se haría mucho más abajo.
Según los profesionales, la incisión de 17 cm realizada por Inés fue inusualmente alta para una cesárea, pero posiblemente eso fue lo que evitó que dañara órganos vitales como los intestinos. Su resistencia al dolor y la ausencia de complicaciones postoperatorias desconcertaron incluso a los expertos. Muchos lo consideran un ejemplo asombroso de instinto, valentía y capacidad de supervivencia humana. Es la primera mujer documentada en la historia que se ha practicado una cesárea.

Más que una historia clínica: un acto de amor y supervivencia
La historia de Inés Ramírez no es solo una rareza médica; es el reflejo brutal de la desigualdad en el acceso a la salud. Que una mujer tenga que abrirse el abdomen con un cuchillo para salvar a su hijo, sin anestesia ni asistencia, es una señal de alarma sobre las condiciones en las que viven miles de mujeres en comunidades marginadas.
Inés se convirtió, sin proponérselo, en símbolo de la resiliencia humana. Su gesto no fue impulsado por heroísmo, sino por desesperación y amor maternal. Ella misma admite que no recomienda lo que hizo y posteriormente optó por una ligadura de trompas para no volver a quedar embarazada.

A más de dos décadas del suceso, su historia sigue conmoviendo. Nos recuerda que, en muchos rincones del mundo, la vida no depende de la medicina moderna, sino del coraje individual.
Referencia:
- Self-inflicted cesarean section with maternal and fetal survival. Link.
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