¿Y si el origen de la depresión no es como nos lo contaron?

Desde la década de los años 60 del siglo pasado, se ha repetido que la depresión se origina por un “desequilibrio químico” en el cerebro, especialmente por bajos niveles de serotonina. Pero una revisión científica reciente llevada a cabo por la profesora Joanna Moncrieff y el doctor Mark Horowitz (ambos del Departamento de Psiquiatría del University College London) desarma esta teoría: no hay evidencia sólida que la respalde. Esta revelación cuestiona el fundamento mismo de los tratamientos más recetados hoy para la salud mental.

La teoría del desequilibrio químico: una narrativa conveniente

Desde los años 90, la idea de que la depresión se debe a un déficit de serotonina se volvió popular gracias a campañas farmacéuticas, respaldos institucionales y la llegada masiva de los ISRS (inhibidores selectivos de recaptación de serotonina).
 

A través de instituciones oficiales como la Asociación Americana de Psiquiatría, medios y manuales, millones de personas recibieron el mensaje de que sus síntomas emocionales tenían una causa bioquímica corregible con medicación. Esta narrativa fue tan convincente como tranquilizadora: si el problema está en la química, hay una solución clara.

Sin embargo, no estaba respaldada por una evidencia científica concluyente. Aunque los ISRS incrementan la serotonina de forma transitoria, eso no prueba que su déficit sea la raíz del problema. De hecho, lo que comenzó como una hipótesis ha terminado convirtiéndose en un dogma que muchos pacientes asumieron como verdad absoluta.

Ahora, una revisión rigurosa invita a mirar con más cautela esa promesa médica. No se trata de negar la utilidad de los fármacos, sino de cuestionar el porqué de su eficacia y si el relato que se ha contado fue el correcto.

Qué dice la ciencia: la gran revisión sobre la serotonina

Un equipo liderado por investigadores del University College London llevó a cabo una de las revisiones más amplias hasta la fecha sobre el vínculo entre serotonina y depresión. Analizaron décadas de estudios clínicos, genéticos y bioquímicos, y los resultados son contundentes: no hay diferencias significativas en los niveles de serotonina o su actividad entre personas con y sin depresión.

Dos revisiones sistemáticas de 2006 y 2007, junto con una muestra de los diez estudios más recientes, revelaron que disminuir la serotonina no inducía depresión en cientos de voluntarios sanos. Una de las revisiones, basada en solo 75 pacientes, mostró pruebas muy débiles de un ligero efecto en un pequeño subgrupo de personas con antecedentes familiares de depresión. Pero era insuficiente.

¿Y qué hay de la genética? Datos basados en miles de pacientes tampoco encontraron diferencias en la frecuencia de las variedades del gen que contiene las instrucciones para fabricar el transportador de serotonina entre las personas con depresión y los controles sanos. Solo un famoso estudio de 2003 encontró una relación entre ese gen y los acontecimientos vitales estresantes, que estudios posteriores descartaron.

Y aunque algunos ISRS alivian síntomas, su efecto podría deberse al adormecimiento emocional o al efecto placebo. El hallazgo más consistente fue otro: los acontecimientos vitales estresantes aumentan significativamente el riesgo de padecer depresión. La implicación es clara: la teoría del desequilibrio químico ha tenido una base más narrativa que científica.

Cuando el mensaje erróneo se convierte en estigma

Asumir que la depresión es un desequilibrio químico no solo simplifica una realidad compleja: también puede hacer daño. Diversos estudios muestran que quienes creen que su depresión tiene causas puramente biológicas tienden a sentirse menos capaces de recuperarse.

En lugar de reducir el estigma, la narrativa química lo transforma en fatalismo. Si el problema está en mi biología y no puedo cambiarla, ¿cómo voy a mejorar sin fármacos? Este marco mental puede obstaculizar la búsqueda de otras formas de sanar, como la psicoterapia, los cambios de entorno, las redes de apoyo o el tratamiento de traumas pasados.

Además, es preocupante que tantos pacientes hayan tomado decisiones de medicación sin haber recibido toda la información disponible. Los ISRS no están exentos de efectos secundarios, y su eficacia real frente a un placebo sigue en debate. En vez de perpetuar el discurso de que hay algo «roto» en el cerebro que una pastilla puede arreglar, tal vez sea hora de humanizar la conversación y dar espacio a otras perspectivas sobre lo que significa estar deprimido.

La teoría del desequilibrio químico nos ofreció una explicación sencilla para un fenómeno dolorosamente complejo. Pero la ciencia actual no la respalda. No se trata de desprestigiar los antidepresivos, sino de promover transparencia, rigor y humanidad al abordar la salud mental. Comprender la depresión exige mirar más allá de la química: hacia la historia personal, el entorno, el sufrimiento no expresado. Solo así podremos ofrecer respuestas más honestas, eficaces y compasivas.

  • Analysis: Depression is probably not caused by a chemical imbalance in the brain – new study. Link
  • Neuroimaging and electrophysiological studies of the effects of acute tryptophan depletion: a systematic review of the literature. Link.
  • Mood is indirectly related to serotonin, norepinephrine and dopamine levels in humans: a meta-analysis of monoamine depletion studies. Link.
  • Influence of life stress on depression: moderation by a polymorphism in the 5-HTT gene. Link.


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ARTÍCULO PUBLICADO EN

Denis Carrillo

Sobre mi, me gusta la música pop/rock, aprender idiomas, y andar en bicicleta. Me gusta leer y escribir sobre temas de la cultura asiática.

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