La mañana del 20 de marzo de 1995, cinco hombres abordaron el metro de Tokio con bolsas llenas de gas sarín líquido. Minutos después, tras perforarlas con paraguas y escapar, se desató uno de los atentados más estremecedores del siglo XX. El ataque dejó 13 muertos, miles de heridos y una pregunta que aún resuena: ¿cómo una secta pudo desarrollar y usar armas de destrucción masiva sin ser detenida a tiempo?

Una secta apocalíptica en el corazón tecnológico de Japón
El atentado no fue un acto aislado, sino el clímax de años de radicalización. Aum Shinrikyo, traducido como “Verdad Suprema”, nació a mediados de los años 80 como un grupo de yoga y meditación fundado por Chizuo Matsumoto, un sanador ciego parcialmente fascinado por el esoterismo, la Nueva Era y las profecías de Nostradamus. Con el tiempo, Matsumoto adoptó el nombre Asahara Shōkō y comenzó a predicar el fin del mundo, primero como salvador, luego como único superviviente.
La secta atrajo a jóvenes japoneses altamente capacitados en ciencia, ingeniería y medicina, frustrados por una sociedad exigente y carente de propósito espiritual. En 1995, Aum contaba con unos 10.000 miembros solo en Japón y oficinas en Rusia, EE.UU. y Alemania. Su expansión no solo fue ideológica, sino tecnológica: en secreto, comenzaron a desarrollar armas químicas y biológicas con una infraestructura más propia de un Estado que de un culto.
Lo que comenzó como un movimiento místico terminó mutando en una organización criminal. A partir de 1988, Aum estuvo implicada en asesinatos, desapariciones y envenenamientos, incluyendo el homicidio de un abogado que investigaba a la secta y su familia. Tras fracasar rotundamente en una campaña electoral, Asahara decidió que la sociedad no merecía ser salvada. Así comenzó el camino hacia el terrorismo.
Armas químicas, errores letales y una amenaza global
Entre 1990 y 1995, Aum intentó decenas de ataques con sarín, gas VX, fosgeno, cianuro, ántrax y toxina botulínica. Su nivel de ambición técnica contrastaba con una ejecución caótica: cultivaron toxinas con cepas inofensivas, y uno de sus supuestos productos biológicos terminó siendo tan débil que no afectó siquiera a un miembro que cayó accidentalmente en un tanque de fermentación.
En 1993, los vecinos de un edificio en Tokio se quejaron del mal olor y una niebla aceitosa que salía del techo: Aum estaba intentando liberar ántrax en aerosol. No funcionó. Pero el mayor golpe vino dos años después, cuando el ataque con gas sarín en el metro mató a 13 personas, hirió a más de 6.000 y sembró el pánico en todo Japón.
Pese a la gravedad del atentado, pudo haber sido mucho peor: los atacantes usaron bolsas plásticas y paraguas, una técnica rudimentaria que limitó la difusión del gas. No obstante, el evento fue suficiente para demostrar que un grupo no estatal, con suficientes recursos y conocimientos técnicos, podía adquirir y emplear armas de destrucción masiva contra civiles.
Un antes y un después en la seguridad internacional
El ataque de Tokio marcó un punto de inflexión. La imagen de una secta japonesa ejecutando un ataque químico en pleno centro urbano sembró la alarma global sobre el terrorismo no estatal, anticipando fenómenos como Al-Qaeda y el 11-S. Aum fue un caso atípico: bien financiado, tecnológicamente preparado y con motivaciones religiosas extremas.
La respuesta internacional fue rápida. Se aceleró la ratificación de la Convención sobre Armas Químicas (CWC), que entró en vigor en 1997, y se creó la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), responsable de supervisar su cumplimiento. Japón y otros países reforzaron sus leyes antiterroristas y comenzaron a vigilar con más atención a sectas y grupos extremistas.
Aunque desde 1995 no se han visto ataques terroristas con armas químicas de esa escala, el riesgo persiste. En años recientes, han sido principalmente los Estados quienes las han usado: Siria, con ataques a civiles en 2013; o Rusia, con el uso del agente nervioso Novichok en casos como los de Sergei Skripal (2018) y Alexei Navalny (2020).
El especialista Brett Edwards, profesor titular en el Centro de Estudios sobre la Violencia de la Universidad de Bath, advierte que, aunque los grupos terroristas hoy prefieren métodos más accesibles como vehículos o armas convencionales, los agentes químicos antiguos siguen siendo una amenaza, especialmente si se combinan con tecnologías modernas de distribución.
Aum Shinrikyo hoy: legado oscuro y vigilancia permanente
Tras el ataque, Asahara y su círculo íntimo fueron arrestados, juzgados y condenados a muerte. Sus ejecuciones se llevaron a cabo en 2018, tras años de apelaciones. Aum Shinrikyo aún existe, dividida en dos grupos: Aleph y Hikari no Wa, que aseguran haberse distanciado del pasado. Sin embargo, las autoridades japonesas los mantienen bajo estrecha vigilancia.
Treinta años después, el ataque con gas sarín en el metro de Tokio sigue siendo un recordatorio escalofriante del poder destructivo que pueden alcanzar ideologías extremas con acceso a conocimiento científico. Aunque el mundo ha cambiado, la sombra de Aum Shinrikyo persiste como advertencia: la tecnología, sin ética ni control, puede ser la herramienta del fanatismo más letal.
Referencia:
- Tokyo subway attack of 1995. Link.
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