Aprender a tocar un instrumento no solo mejora las habilidades musicales, sino que también transforma el cerebro. Estudios recientes sugieren que esta transformación afecta incluso la manera en que los músicos perciben el dolor. Su entrenamiento prolongado les proporciona una especie de amortiguador frente a la incomodidad física, ayudándoles a manejar las señales dolorosas y a mantener la coordinación de sus movimientos.

Cómo el cerebro procesa el dolor
El dolor no es únicamente una sensación desagradable; funciona como un sistema de alerta que activa reacciones en el cuerpo y en el cerebro. Por ejemplo, al tocar una superficie caliente, el cerebro ordena retirar la mano antes de quemarse. Además, el dolor puede reducir la actividad en la corteza motora, la región cerebral que controla los músculos, evitando el uso excesivo de una parte lesionada. Esta respuesta protege el cuerpo a corto plazo, pero si se prolonga, puede generar problemas.
El cerebro puede seguir enviando señales de “no mover” incluso cuando ya no hay daño, lo que reduce la movilidad, altera la actividad cerebral y aumenta el malestar. Investigaciones muestran que el dolor persistente puede “encoger” el mapa corporal del cerebro, la zona que indica qué músculos mover y cuándo, lo que se relaciona con un empeoramiento del dolor. Sin embargo, algunas personas toleran mejor estas señales, y la ciencia aún estudia por qué ciertos cerebros son más resilientes que otros.
El impacto del entrenamiento de los musicos
Un estudio reciente publicado en European Journal of Pain (2025) examinó cómo músicos y no músicos responden al dolor inducido en la mano mediante factor de crecimiento nervioso. Antes de la inducción del dolor, los músicos mostraban mapas cerebrales más refinados, y mientras más horas de práctica acumulaban, más detallados eran. Tras la inducción del dolor, los músicos reportaron menos malestar y sus mapas cerebrales se mantuvieron estables, mientras que en los no músicos se redujeron tras solo dos días. Estos hallazgos sugieren que la práctica musical prolongada no solo perfecciona la destreza, sino que también genera un efecto protector frente al dolor. Aunque la música no cura el dolor crónico, la experiencia y el entrenamiento a largo plazo pueden modificar la percepción y tolerancia al dolor.

El estudio demuestra que el cerebro no es estático: se adapta incluso para manejar la incomodidad física. La práctica constante de un instrumento fortalece tanto las habilidades musicales como la resiliencia frente al dolor. Comprender estos mecanismos podría inspirar nuevas terapias para personas con dolor crónico, mostrando cómo la música y la neuroplasticidad se entrelazan de manera sorprendente.
Referencia:
- Prior use-dependent plasticity triggers different individual corticomotor responses during persistent musculoskeletal pain. Link.
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