Un nuevo análisis sugiere que, a 43 unidades astronómicas del Sol, podría existir una estructura extremadamente antigua y sorprendentemente estable dentro del cinturón de Kuiper. Si se confirma, sería una pieza intacta del rompecabezas cósmico que revelaría cómo nació y evolucionó el Sistema Solar. La historia apenas comienza.
El cinturón de Kuiper y la búsqueda de restos primitivos en los confines del Sistema Solar

Durante décadas, el cinturón de Kuiper ha sido una región clave para entender los orígenes del Sistema Solar. Ubicado entre 30 y 50 UA del Sol, este anillo de cuerpos helados incluye a Plutón, Makemake, Eris y miles de objetos más. La NASA lo denomina la “tercera zona” del Sistema Solar: un depósito congelado de materiales que no formaron planetas y que conserva la huella química y dinámica del pasado remoto.
Desde 2011, estudios previos ya habían revelado que esta región no es uniforme. Ese año, un equipo analizó 169 objetos transneptunianos (TNOs) y descubrió que el llamado cinturón “clásico” se dividía en varios subgrupos. Entre ellos destacaba un conjunto peculiar: el kernel, una población fría concentrada alrededor de las 44 UA, con órbitas sorprendentemente circulares y baja excentricidad. Su particular distribución llevó a muchos astrónomos a pensar que se trataba de una estructura primordial, formada casi exactamente en el lugar donde permanece hoy.
Sin embargo, desde ese hallazgo, ninguna subestructura adicional había sido identificada. Hasta ahora.
Un nuevo análisis desarrollado por un equipo de la Universidad de Princeton empleó una base de datos mucho mayor —1.650 objetos— y un algoritmo de agrupamiento llamado DBSCAN para buscar patrones ocultos. Primero confirmaron que podían detectar el kernel conocido, pero luego surgió algo inesperado: una estructura adicional, más interno y más “frío”, localizado cerca de las 43 UA. La posibilidad abrió una ventana fascinante, porque un grupo tan dinámicamente estable solo puede surgir y sobrevivir en condiciones extremadamente específicas… típicas del Sistema Solar primitivo.
El “núcleo interno”: una estructura más fría, más tranquila y quizá más antigua

El nuevo componente, bautizado provisionalmente como núcleo interno, comparte similitudes con el kernel, pero con características aún más extremas. Su excentricidad —la forma en que la órbita se aparta de un círculo perfecto— es incluso menor: un rango entre 0.01 y 0.06, y una dispersión de Rayleigh de apenas ~0.025. Traducido al lenguaje no técnico: estos objetos se mueven en trayectorias sorprendentemente circulares y estables, sin señales evidentes de perturbaciones violentas.
Para los astrónomos, una calma orbital así es un tesoro científico. Según Amir Siraj, astrofísico de Princeton y autor principal del estudio, este tipo de estructura “muy antigua e intacta” puede revelar pistas sobre episodios críticos de la historia del Sistema Solar: cómo migraron los planetas gigantes, qué perturbaciones gravitacionales existieron y qué ambientes interestelares atravesó nuestro vecindario cósmico en sus primeros millones de años.
La gran pregunta ahora es cómo surgió este núcleo interno. Una posibilidad es la llamada “migración saltarina” de Neptuno, un proceso en el que el planeta se desplazó hacia afuera en escalones, alterando la distribución de cuerpos helados. Este mecanismo ya se había propuesto para explicar la existencia del kernel clásico, por lo que no sería extraño que también hubiera moldeado a esta nueva estructura. Pero la evidencia aún no es concluyente.
Lo que sí está claro es que este hallazgo podría reescribir lo que sabemos de la dinámica exterior del Sistema Solar. Si el núcleo interno existe y no es simplemente una extensión del kernel, estaríamos ante un fósil orbital único, perfectamente conservado desde la infancia del Sol.
El futuro del hallazgo: un misterio que el Observatorio Vera Rubin podría resolver

Aunque el estudio es prometedor, los propios autores señalan que se trata de un trabajo preliminar. El análisis estadístico sugiere fuertemente la existencia del núcleo interno, pero la confirmación de la estructura requiere observaciones más precisas. Y aquí entra en escena uno de los proyectos más ambiciosos de la astronomía moderna: el Legacy Survey of Space and Time (LSST), operado por el Observatorio Vera C. Rubin.
Este telescopio, ubicado en Chile, comenzará a mapear el cielo con una profundidad y frecuencia sin precedentes. Su capacidad para detectar objetos débiles y distantes lo convierte en la herramienta ideal para estudiar el cinturón de Kuiper con un detalle imposible hasta ahora. Si el núcleo interno realmente existe, el LSST debería confirmar su población, su distribución y, quizá, resolver la duda más importante: ¿es una extensión del kernel clásico o una estructura totalmente distinta?
Además, el hallazgo tiene implicaciones científicas de largo alcance. Estructuras tan frías y ordenadas pueden usarse como marcadores del pasado dinámico del Sistema Solar. Sirven para comprobar modelos de migración planetaria, estimar perturbaciones antiguas y entender cómo el entorno galáctico pudo influir en la distribución de cuerpos helados. Si el núcleo interno está ahí, intacto desde hace miles de millones de años, podría convertirse en una cápsula del tiempo gravitacional.
Pero por ahora, todo depende de nuevas observaciones. Los científicos advierten que aún falta mucho para declarar la existencia oficial de esta estructura. El preprint publicado en arXiv solo marca el inicio: la evidencia es sugestiva, no definitiva. El misterio está planteado y los próximos años serán decisivos para saber si este cúmulo es real o apenas una ilusión estadística.
La posible detección de un “núcleo interno” a 43 UA abre una puerta inesperada al pasado remoto del Sistema Solar. Si se confirma, estaríamos frente a una estructura primigenia, intacta y reveladora. Hasta entonces, la ciencia aguarda: los confines helados del cinturón de Kuiper aún guardan secretos por desvelar.
Referencia:
- arXiv/The Inner Kernel of the Classical Kuiper Belt. Link
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